sábado, abril 11, 2009

Ciencia y belleza

Mientras miraba las fotos de la entrada anterior, recordé un artículo de Isaac Asimov, llamado Ciencia y belleza, en el que este autor argumenta contra una actitud que a menudo se encuentra entre los humanistas: la oposición, a veces frontal, entre estética y ciencia o, dicho en términos más acotados, entre la contemplación del poeta y la observación del científico.

Lo notable del artículo de Asimov es que no responde de la forma habitual, o sea, evita postular la belleza matemática que se desprende del orden del universo, una belleza intuida intelectualmente y por lo tanto superior a la simple contemplación sensual del poeta. Este tipo de respuestas es poco interesante para el común de la gente, ya que para captar la belleza matemática se requiere una mentalidad de corte platónico, una exigencia que por lo general está más allá del sentido común.

Asimov responde en el mismo plano estético del poeta, indicando que la belleza del cielo nocturno terrestre es sólo una parte, y una muy pequeña, de la belleza del universo en su conjunto, ya que cada uno de los puntos visibles en el cielo del poeta en realidad corresponden a mundos del universo del astrónomo, todos únicos y bellos a su manera. No creo que sea necesario que me extienda sobre este tema, ya que a la belleza que Asimov se refiere es la misma que han podido apreciar en las numerosas fotografías que acompañan a cada una de las entradas de este blog. El argumento de Asimov es que esas dos formas de mirar el universo —la estética y la científica— no se oponen sino que son complementarias.

Finalmente, Asimov señala que el acceso a la belleza que se encuentra en todos esos mundos no visibles a simple vista requiere el concurso de los astrónomos a los que el poeta —o el humanista en general— menosprecia por ignorancia, a veces inevitable como en el caso de Whitman, o por superficialidad.

Como es corto, transcribo —con muy pocas modificaciones— el artículo mencionado, de Gardner, Martin (ed.), El escarabajo sagrado, Biblioteca Científica Salvat, págs. 187-190.


Ciencia y belleza
de Isaac Asimov

Este es uno de los poemas más conocidos de Walt Whitman:

Mientras escuchaba al docto astrónomo,
mientras las demostraciones y los números eran alineados en columnas ante mí,
mientras se me mostraban los mapas y diagramas para ser sumados, divididos y medidos,
mientras sentado en el aula escuchaba la aplaudida conferencia del astrónomo,
sin razón aparente, me sentí de pronto fatigado y mareado,
hasta que me levanté, salí sigilosamente y comencé a vagar
por el místico y húmedo aire nocturno, y, de vez en cuando,
en absoluto silencio, levantaba la vista hacia las estrellas.


Supongo que al leer estas líneas muchos se dirán, complacidos: "¡Es cierto! ¡La ciencia absorbe la belleza de todo lo que nos rodea, reduciéndola a números, tablas y fórmulas! ¿Para qué voy a molestarme en estudiar todas esas tonterías si para contemplar las estrellas no tengo más que salir al exterior?"

Esta es una opinión muy cómoda, ya que no sólo hace innecesario el conocimiento de las complicadas teorías, sino que las convierte en una evidente equivocación estética. En lugar de esto, lo mejor es echar una ojeada al cielo nocturno, recibir una inyección rápida de belleza y acudir a una discoteca.

El problema estriba en que Whitman hablaba sobre cosas que no conocía, si bien es cierto que el pobre tampoco tenía otra posibilidad.

No discuto la belleza del cielo nocturno. En mis tiempos yo también pasé horas tumbado en la ladera de una colina contemplando las estrellas y admirando su hermosura (y recibiendo picaduras de insectos que tardaron semanas en curarse).

Lo que se ve, sin embargo —esos puntos luminosos, titilantes y silenciosos—, no constituye toda la belleza que existe. ¿Hay que admirar amorosamente una sola hoja e ignorar la presencia del bosque? ¿Hemos de contentarnos con el brillo del sol en un grano de arena y desdeñar el conocimiento de la playa?

Esos puntos brillantes en el cielo que denominamos planetas son mundos. Existen mundos con una espesa atmósfera compuesta por dióxido de carbono y ácido sulfúrico; mundos hechos de líquido incandescente con huracanes que podrían engullir la tierra entera; mundos inertes marcados por las silenciosas cicatrices de los cráteres; mundos en los que los volcanes escupen polvo al vacío; mundos constituidos por desiertos rosáceos y desolados. Todos ellos poseen una belleza misteriosa y sobrenatural que se reduce a un simple punto luminoso si nos limitamos a contemplar sin más el cielo nocturno.

Los otros puntos brillantes, aquellos a los que no llamamos planetas sino estrellas, son en realidad soles. Algunos son de una grandiosidad incomparable y emiten la luz de mil soles como el nuestro, mientras que otros son simples brasas incandescentes que despiden muy poca energía. Ciertos soles son cuerpos compactos con la misma masa que nuestro Sol pero de menor tamaño que la Tierra. Otros son todavía más compactos, con una masa equivalente a la de nuestro Sol comprimida en el volumen de un pequeño asteroide. Y los hay más compactos todavía: soles que se contraen hasta anular totalmente su volumen, cuyo emplazamiento se caracteriza por un fuerte campo de gravedad que lo engulle todo y no devuelve nada, cuya materia se adentra en espiral por un pozo sin fondo lanzando el salvaje grito de agonía de los rayos X.

Existen estrellas que laten eternamente en un inmenso ciclo respiratorio cósmico; otras, una vez consumido su combustible, se dilatan y enrojecen hasta engullir a sus propios planetas, en el caso de que los tenga (algún día, dentro de miles de millones de años, nuestro Sol se dilatará y la Tierra se quemará, se secará y se vaporizará, convirtiéndose en un gas de hierro y roca sin signo alguno de su antigua vida). Algunas estrellas estallan en un inmenso cataclismo, provocando una violenta ráfaga de rayos cósmicos que se desplazan casi a la velocidad de la luz y llegan a la Tierra después de miles de años, para suministrar parte de la fuerza motriz de la evolución por mutaciones.

A esa ínfima cantidad de estrellas que vemos al alzar la vista en absoluto silencio (no más de 2.500, incluso en las noches más oscuras y despejadas) se suma una basta e invisible multitud que asciende a la enorme cantidad de trescientos mil millones —300.000.000.000— y forma un enorme molinete en el espacio. Este molinete, la galaxia de la Vía Láctea, tiene tal extensión que la luz necesita cien mil años para cruzarlo de extremo a extremo a 300.000 kilómetros por segundo; además, la Vía Láctea gira alrededor de su centro en una amplia y majestuosa revolución que tarda doscientos millones de años en completarse (el Sol, la Tierra y nosotros mismos efectuamos también ese giro).

Más allá de la Vía Láctea existen otras galaxias (aproximadamente una veintena), que, junto con la nuestra, forman un cúmulo de galaxias. La mayoría de ellas son pequeñas, y están compuestas por apenas unos pocos miles de millones de estrellas, aunque existe al menos una, la galaxia de Andrómeda, que es dos veces mayor que la nuestra.

Además de nuestro cúmulo existen otras galaxias y otros cúmulos de galaxias, algunos de los cuales están formados por miles de unidades. Estos cúmulos se extienden por el Universo hasta donde alcanzan nuestros mejores telescopios, sin signo visible de que acaben nunca, y es posible que su número total sea de cien mil millones.

Cada vez conocemos más galaxias en cuyo centro existe una intensa violencia: grandes explosiones y ráfagas de radiación, que indican la extinción de tal vez millones de estrellas. En el centro de nuestra propia galaxia también existe una actividad increíblemente violenta, oculta a nuestro periférico Sistema Solar por las enormes nubes de polvo y gas que se encuentran entre nosotros y el palpitante centro.

Algunos centros galácticos son tan brillantes que pueden ser divisados a distancias de miles de millones de años luz, distancias desde las cuales las propias galaxias no son visibles, destacándose únicamente sus brillantes centros por la devastadora energía que en ellos se libera. Algunos de estos centros, que reciben el nombre de quasares, se encuentran a más de diez mil millones de años luz.

Todas estas galaxias se alejan unas de otras en una inmensa expansión universal que comenzó hace quince mil millones de años, cuando toda la materia del Universo se encontraba en una pequeña esfera cuya extraordinaria explosión dio origen a las galaxias.

Es posible que el Universo siga dilatándose eternamente, o quizá llegue el día en que la expansión disminuya y se invierta, convirtiéndose en una contracción, hasta volver a formar la pequeña esfera y comenzar de nuevo el juego desde el principio. De esta forma, el Universo se estaría expandiendo y contrayendo en ciclos cuya duración alcanzaría varios billones de años.

Todo este panorama, que se encuentra más allá del alcance de la imaginación humana, es posible gracias al trabajo de centenares de "doctos" astrónomos. Todo ello, absolutamente todo, fue descubierto después de la muerte de Whitman, sucedida en 1892, y la mayoría en los últimos veinticinco años, de modo que el pobre poeta no comprendió nunca cuán limitada e insignificante era la belleza que admiraba cuando "en absoluto silencio, levantaba la vista hacia las estrellas".

Tampoco nosotros podemos comprender o imaginar ahora la belleza ilimitada que se nos revelará en el futuro gracias a la ciencia.