domingo, enero 20, 2008

Montaigne y la filosofía como poesía sofística

Un párrafo redondo de los Ensayos de Miguel de Montaigne en el que empeña toda la potencia de su ¿Qué se yo? para mostrar como una pretensión inalcanzable la búsqueda de certeza por parte de los filósofos —o de los científicos, ya que en la época de Montaigne casi no se distinguía entre ambos campos— en el conocimiento de las cosas humanas y naturales:
¿Es en Platón donde he visto esta divina frase, «que la naturaleza es una poesía enigmática»? (1) como quien dice una pintura velada, rodeada de tinieblas, entreluciente de una variedad infinita de claridades aparentes, en vista de las cuales nuestras conjeturas se fundamentan: Latent ista omnia crassis occultata et circumfusa tenebris; ut nulla acies humani ingenii tanta sit, quae penetrare in caelum, terram intrare possit. (2) Y en verdad la filosofía no es otra cosa que una poesía sofística. ¿De donde sacan los escritores antiguos sino de los poetas todos los principios que sientan? Los primeros filósofos fueron poetas y como tales trataron su ciencia. Platón no es más que un poeta desenfrenado; Timón le llama, para injuriarle, gran forjador de milagros. Todas las ciencias supraterrenas se revisten de estilo poético. De la propia suerte que las mujeres echan mano de dientes de marfil cuando los naturales les faltan, y en lugar del color natural ostentan otro valiéndose de cualquier substancia adecuada; como se procuran muslos artificiales con trapos y fieltros, y pechos con algodón, y a los ojos de todos se embellecen de una manera falsa y prestada, así hace la ciencia (y en nuestras leyes mismas hay, al decir de algunos, ficciones necesarias en las cuales se fundamenta la legitimidad de la justicia); aquélla nos procura en pago y en presuposición las ideas que nos muestra haber sido inventadas, pues esos epiciclos excéntricos y concéntricos de que la astronomía se ayuda para explicarnos el movimiento de las estrellas, suminístranoslos como lo mejor que ha podido encontrar en aquel punto. Igualmente la filosofía nos muestra no lo que realmente es, no la realidad pura, o lo que tal ciencia cree que sea la verdad, sino lo que forjar puede más verosímil y grato. Hablando Platón de las funciones de nuestro cuerpo y de las que son peculiares al de los animales, concluye así: «Que todo cuanto dejamos dicho sea la verdad, no podemos asegurarlo; certificaríamoslo si pudiéramos disponer de la confirmación de algún oráculo; sostenemos solamente que es lo más verosímil que hayamos acertado a decir.» Libro segundo, XII. Apología de Raimundo Sebond, trad. Constantino Román y Salamero (*).
Pero así como las órbitas de los planetas perdieron su circularidad inicial ante el embate de un astrónomo perspicaz, así la redondez del argumento de Montaigne pierde esa propiedad cuando un avezado lector descubrió que el ensayista había malintepretado el sentido de la cita de Platón con la que se inicia el párrafo. El trayecto ya no es más de Platón a Platón.

Descendido de los hombros del gigante, queda claro que la opinión de Montaigne se mantiene en pie, pero por los suyos propios. Afirma que el conocimiento no es más que poesía, una ficción necesaria o lícita; sin ayuda de la divinidad no hay verdad ni certeza, porque los hombres librados a sí mismos sólo pueden aspirar a presentar conjeturas verosímiles pero no a conocer la realidad pura.

Cuando Montaigne escribió los Ensayos, la teoría ptolemaica —despreocupada por la representación física de sus postulados y, por lo tanto, compatible con la propuesta de Montaigne— mantenía su milenaria vigencia, mientras que la revolución copernicana daba sus primeros y vacilantes pasos. Transcurrido un siglo, la posición escéptica comenzó a perder terreno: los nuevos principios newtonianos colisionaban directamente con el ¿Qué se yo?, pues aspiraban a describir lo que realmente es, a descubrir la verdad. Así, dejaron de contentarse con bellas explicaciones o, como lo caracterizó Montaigne, con poesías sofísticas, y vincularon aquéllas con las predicciones. Era otra clase de conocimiento.


(1) Montaigne ha interpretado mal el sentido de Platón, el cual escribe: Toda poesía es por naturaleza enigmática. (N. del T.)

[Agrego: La interpretación de Montaigne es muy difícil de conciliar no sólo con numerosos pasajes de Platón sino hasta con los propósitos de sus investigaciones filosóficas.]

(2) Todas estas cosas están ocultas, rodeadas de tinieblas densas; para que la penetración del hombre, por muy profunda que sea, no alcance a descubrir los misterios del cielo ni los de la tierra. Cicerón, Acad., II 39. (N. del T.)

(*) Tengo la edición en papel de los Ensayos publicada por Hyspamericana —que reimprime la de Editorial Iberia— y en función de esa versión retoqué ligeramente la traducción de Román y Salamero.

Por si no se entiende esa rareza de entreluciente, contrasten con la otra traducción: O sea una pintura velada y tenebrosa, de la que traslucen infinitas falsas claridades para dar pábulo a nuestras conjeturas.

Continuación.

3 Sofismas:

El mié. nov. 09, 12:49:00 p.m. 2011, Blogger Diego Farinelli escribió...

EXCELENTE ARTÍCULO, MUY BUENO GRACIAS!

 
El jue. nov. 10, 04:00:00 p.m. 2011, Blogger el sofista escribió...

De nada. Y gracias a vos por dejar tu comentario.

Hasta la proxima.

 
El dom. mar. 03, 01:01:00 a.m. 2013, Blogger Yav Mar Kyn escribió...

Es innegable, a mi juicio, que no solo el conocimiento es infinito sino también su propia verdad y fin, esto es: nunca se sabrá todo, ni toda la verdad, entiéndase esta como se quiera entender o intrerpretar. Eso sin descontar la variabilidad de los hechos y entes propia de su misma inercia.

Hoy en día se tiene mucha más conciencia y conocimiento del universo, su composición y dinámica que en tiempos de los antiguos filósofos y/o hombres de ciencia, pese a la inmensa ignorancia persistente. Dicha conciencia y conocimiento nos acerca al "qué", al "cómo" y al "cuándo" de lo que es y de lo que somos, aunque prevalece una inmensa distancia hacia la verdad absoluta, pero por sobretodo hacia nuestro origen, destino, escencia y objeto de nuestra existencia.

Debíó ser muy inquietante y abrumador para los antiguos de esas épocas observar el cielo y toda la naturaleza y tratar de interpretarla, descubrirla y enterderla y hacer de su pensar una fuente de ciencia y conocimiemto de la cual disfrutamos hoy, gracias a su curiosidad.

Incluso el psicólogo escudriña la mente y trata de encajarla o desencajarla del soma. Más es el poeta y el soñador el que más se aproxima al alma y al espíritu, pues se esculca a si mismo o se mete por los ojos de los demás dentro del interior último y esencial del ser en esa búsqueda infinita de si mismo y de la verdad, búsqueda por demás mítica y abstracta que solo tiene sentido y valor para el único y propio buscador, pues su encuentro con dicha verdad solo atañe y afecta a él, al individuo, no al universo y entorno inmutable y ajeno al próposito de cada uno, de cada ser individual (porque, aún viviendo en el mismo universo y mundo, cada cual tiene ssu propio mundo ... y su propia historia, en este instante cada ser es el producto de su propia historia).

De que vale todo el conocimiento y todo lo materialmente adquirido, por poco que sea este es mucho pues desnudos nacemos, si no hallamos sentido, armonnía y paz en nuestra fugaz presencia terrenal y mortal. Eso no lo venden en la tienda de la esquina, pero siempre esta a nuestro alcance, incluso dentro de nosotros mismos. Lástima tan ciego que somos ...

 

Publicar un comentario

<< Home