domingo, noviembre 23, 2008

La miseria del existencialismo


No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos; primeramente hay que responder. Y si es cierto, como pretende Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esa respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo. Se trata de evidencias perceptibles para el corazón, pero que se debe profundizar a fin de hacerlas claras para el espíritu.

Si me pregunto en qué puedo basarme para juzgar si tal cuestión es más apremiante que tal otra, respondo que en los actos a los que obligue.

Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo, cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál gira alrededor del otro, si la tierra o el sol. Para decirlo todo, es una cuestión baladí. En cambio, veo que muchas personas mueren porque estiman que la vida no vale la pena de vivirla. Veo a otras que, paradójicamente, se hacen matar por las ideas o las ilusiones que les dan una razón para vivir (lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir). Opino, en consecuencia, que el sentido de la vida es la pregunta más apremiante. ¿Cómo contestarla? Con respecto a todos los problemas esenciales, y considero como tales a los que ponen en peligro la vida o los que decuplican el ansia de vivir, no hay probablemente sino dos métodos de pensamiento: el de Pero Grullo y el de Don Quijote. El equilibrio de evidencia y lirismo es lo único que puede permitirnos llegar al mismo tiempo a la emoción y a la claridad. Se concibe que en un tema a la vez tan humilde y tan cargado de patetismo, la dialéctica sabia y clásica deba ceder el lugar, por lo tanto, a una actitud espiritual más modesta que procede a la vez del buen sentido y de la simpatía.



Imagen: Jacques-Luis David, Muerte de Sócrates, 1787 (clic en la imagen para ampliarla). Texto: Albert Camus, El mito de Sísifo, 1951 (descargar).

2 Sofismas:

El dom. nov. 23, 11:18:00 p.m. 2008, Blogger Noé Caballero escribió...

Estimado Sofista!

Primero un saludo cordial.

Hace muchos meses que lo vengo siguiendo.

Comentaba en este espacio para decirle que realmente extrañaba este tipo de entradas en su blog. Realmente me encantan y me hacen poner en consideración mi posición en la vida a través de los conceptos filosóficos...

Un gran saludo, nuevamente, de su lector.

Noé Caballero.

... si se da una pasada por mi blog, le diría que ignore las entradas YouTubescas que tuve los últimos días... no he tenido mucho tiempo aquellas fechas.

Por lo demás, lo invito a pasar.

Hasta luego.

 
El mié. nov. 26, 02:01:00 a.m. 2008, Blogger el sofista escribió...

Hola Noé: Muchas gracias por el saludo y la perseverancia en la lectura. Sí, es cierto, tengo pocas entradas directas sobre filosofía en los últimos meses, aunque en noviembre empecé a revertir la tendencia. Supongo que con el fin de las clases podré escribir un poco más.

Por otro lado, indirectamente muchas entradas están dedicadas a un problema fundamental —de carácter epistemológico— al que le vengo siguiendo el rastro desde hace bastante tiempo: la observación. No sé si lo terminaré articulando en algo más que entradas dispersas, pero seguramente le seguiré dedicando entradas.

Respecto a Papeles y Lápiz pasé volando, en cuanto pueda aterrizo con todas las de la ley.

Ciao.

 

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